Un viaje hasta Shambala



Buenos Aires parecía un desierto. Muchos se se habían ido pero en realidad seguía repleta, sólo que no habían salido de sus hogares. Descansaban en un sofá; miraban el programa de televisión que no pueden ver los días hábiles. Llegué a la ciudad en tren. Tardó poco más de una hora, en el viaje vi las hojas del otoño que caían de los coposos árboles de San Isidro; canté por lo bajo Careta de Acassuso cuando pasamos por ese barrio. Ya en los andenes de Retiro imperaba la soledad, el frío, la marginalidad.

Salí de la estación, esperé al 26 junto a otros desconocidos. El recorrido de esta línea lo conozco de memoria y no bastó pensar un segundo más para tocar timbre y bajar en el cruce de Lavalle y Callao. Caminé hasta Corrientes y de ahí rumbo a Rodríguez Peña; Sonó el celular, no sabía si almorzar, cruzar la avenida o reflexionar sobre el feriado. Era 2 de abril, para muchos argentinos es una fecha trágica; también me enteré de que era día del autismo; yo elegí salir a comprar un disco.

La mayoría de los negocios habían dejado las persianas bajas, no obstante las dos que llamaron mi atención prefirieron abrir. Observé las vidrieras de ambos locales sin suerte. Corté el llamado para revisar con más detenimiento; Abundaban discos compactos, tal vez por eso no lo vi a primera vista. Ahí en el centro de la exposición yacía el vinilo. El dueño de la disquería le había pegado un cartelito que decía “Nuevo disco edición limitada, sólo 300 copias”. Debe ser un error, ¿acaso no eran 500? Entré, vi un orden que, de todas formas, era caótico. Detrás del mostrador pendían dos LP de Carca. “Sí, estoy en el lugar correcto”, pensé. Saludé al señor y le pregunté cuanto costaba Shambala.

-Quini…

-Lo quiero –le contesté sin dejar que me respondiera porque en realidad no me importaba el precio.

-Es el único que tengo. Ya lo tengo vendido, hoy lo vienen a retirar. Si querés vení el sábado.

Mi desilusión fue tan honda como el Río de la Plata. Yo lo entendía pero mi desesperación no. Seguí mirando otros discos, vi Antiflash de Peligrosos Gorriones y cuando le quise consultar sobre ese CD me interrumpió para decirme que atrás mío estaba ‘Howl’ de Black Rebel Mortorcycle Club, me quedé perplejo hasta que entendí que me lo había recalcado porque mi remera llevaba impresa en serigrafía esa portada.

Conversamos un rato más, me contó que una chica había llevado cuatro y que las copias se las había traído el mismo Carca, con quien mantenía una buena relación. Era tanta su sorpresa por lo que pasaba, que tuve que explicarle por qué estaba recibiendo una cantidad inusitada de encargos y llamados telefónicos sobre el disco. Entre tantos, uno de los mensajes que recibió fue el del supuesto comprador que le argumentó que no podía llegar ese día. En consecuencia, el hombre le contestó: “Hay un flaco que me quiere estrangular porque no le vendo el disco. Se lo doy a él y vení el sábado que entran más”. Seguramente no lo iba a estrangular, pero hubiesen sido dos días de desasosiego.

-Es tuyo –me aseguró el hombre, mientras estiraba la mano para recibir los billetes violetas.

Ya era mío. Envuelto en celofán, tal cual como lo veía en fotos pero sostenerlo uno mismo es distinto. 

-Gracias, no tengo bandeja así que no lo voy a poder escuchar pero lo quería mucho.

Leandro Martín Parente

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